Con el lanzamiento de «El Libro de la Semana», Manuel Alcántara nos invita a embarcarnos en un emocionante viaje de descubrimientos. En este espacio, Manuel nos ofrece una selección cuidadosa de libros que, según su criterio experto, merecen ser destacados y compartidos. Cada semana, nos guiará a través de reseñas, revelando las obras literarias que han capturado su atención y reflexión.
«Principio, medio, fin»
Cuatro mujeres que definen la línea familiar, una está ausente, es el pasado. La bisabuela es un guiño ancilar para lograr que la historia se asiente en Sicilia, el lugar donde se desarrolla la trama. La abuela accede periódicamente a la escena a través del celular para estar en contacto con su hija y con su nieta. Juntas hacen un largo recorrido en una tierra volcánica milenaria en la que los incendios las arrinconan.
Estas dos últimas, aunque “no es tan claro quien de las dos aporta el soplo que anima esta historia”, centran la atención del relato que se articula en un diálogo constante desde lo cotidiano – “a mi hija le parece muy entretenida esta historia ligeramente cruel, y desde que se la contó su abuela, siempre se refiere a los mapas del teléfono como la señora que sabe adónde vamos”- a las citas permanentes a autores clásicos cuya potencia de su obra se basa en su mirada que desempeña un atento ejercicio iniciático de observación y de atención absoluta –“caos no significaba entonces lo que significa hoy (desorden, lío, confusión vorágine) sino más bien, ´hueco´o ´apertura´o ´fisura´, una compuerta que se abre y deja entrar o salir las cosas”.
Por eso, el regreso a esas primeras miradas es una forma de autoeducación en la que ambas se ejercitan. Los diálogos a veces monosilábicos producen el efecto de una conversación verídica sin efectos especiales. Lo mismo ocurre con la compra de postales en las que la nieta escribe a la abuela o con las fotos que se realizan con una polaroid. Lo cual contrasta con los mensajes mandados por la red o el trabajo diario en la computadora en la que la niña introduce cambios aclaratorios sobre lo que va escribiendo su madre o es un testigo silente: “abrí los ojos y su cara parecía que estaba a punto de romperse, pensé que estaba a punto de decir ya no, ya no más, ya no me quiero esforzar más, quiero desaparecer, pero al mismo tiempo yo notaba que se estaba esforzando por parecer normal, por sonreír normal y hacer cosas divertidas. Como por ejemplo cuando me desperté y me dijo qué te parece si nos llevamos unos cuantos libros de la biblioteca…”
Del lado de la madre: “Me doy cuenta de que siento un impulso, casi una inercia, por cuestionar la narrativa que mi hija viene poco a poco componiendo en su cabeza. Muchas veces le respondo como si sus ideas no fueran legítimas, como si no fueran aceptables, como si necesitaran corrección. Pero tal vez su versión de las cosas, su versión de por qué las mujeres en nuestra familia han perdido o van perdiendo la memoria, es en realidad más fértil, más navegable, y al fin y al cabo no menos verosímil que la narrativa de la descomposición molecular de las neuronas”.
Valeria Luiselli, mexicana que reside en Nueva York donde enseña, es epítome de desarraigo, de desapego, fruto de su vida en muchos continentes, en casas y en escuelas diferentes, hasta en su vínculo con idiomas. Por eso el lugar desde donde escribe es una mirada extranjera de alguien que no pertenece a ningún lugar específico, aunque reconozca que todos tengamos una nostalgia por una sensación de casa.
Ello le permite una escritura que asume una distancia, pero que se acerca con cariño a lo que describe, y de la necesidad, por ejemplo, de alfabetizarse en los sonidos del mundo natural. Quizá la fascinación por el mundo presocrático junto con la frustración por no haber sido bailarina o vulcanóloga la empodere en la literatura actual que además ilumina la maternidad y esta provoca una cascada conformada por las relaciones entre las cuatro mujeres que no son lineales
Si la crítica debe ser un ejercicio de amor, como se señala cuando León Krauze entrevista a Valeria Luiselli en el marco de ciberdiálogos de Letras Libres, la literatura, por su parte, “no tiene obligación de nada ya que hay muchas maneras de hacer grandes preguntas. No siempre es necesario registrar cada instante, volverlo literatura, que en ocasiones está bien dejarlo ir y ya. Este es simplemente un momento en el tiempo”.
“No es fácil: escribir, tomar nota, registrar, documentar. No es fácil imaginar y reimaginar las cosas en un momento como este. Quiero escribir sobre la sensación de pérdida, de luto anticipado que a veces nos genera el mundo. Pero también sobre todas las cosas que pueden ser rescatadas, que no tienen por qué desaparecer… Pero también quiero buscar a través de la escritura y adentro de la escritura, una manera distinta de pensar el tiempo, de sentirlo, de entender cómo es que ha cambiado exactamente, y como es que podemos empezar otra vez a movernos junto con él y no a contracorriente. Quiero imaginarme otro principio, otro inicio. Pero los inicios son difíciles de imaginar, difíciles de entender. Están escritos como en un alfabeto extranjero”.
“¿Por qué la ficción es el lugar en el que se encuentran la memoria y la imaginación?… Solo estoy diciendo que la imaginación mira hacia adelante y la memoria hacia atrás, y que el lugar en donde se encuentran es eso: la ficción… Supongo que todo lo que hacemos, siempre, es solo transmutar y traducir: montaña a piedra, piedra a arena, arena a vidrio, vidrio a luz, luz a los ojos, ojos para ver, ver para imaginar, imaginar para recordar¨.
La realidad se mueve más deprisa que la escritura, pero con la ficción se puede tratar de imaginar el futuro. No hay que sucumbir a la tentación de pensar catastróficamente porque eso supone declinar la búsqueda de alternativas. Luiselli que se doctoró con una tesis sobre inmigración lo sabe muy bien. Por ello pone el acento en el significado de la pérdida de la memoria como uno de los miedos más grandes de los seres humanos y confiesa no sin cierta preocupación que no sabe exactamente “a qué se refiere Plinio con que las montañas son la memoria del mundo·.
Una novela, en fin, sobre una madre y una hija, una hija y su madre, viajando a lo largo de alguna orilla hacia otro marco temporal. Una novela a la mitad, en el medio de la novela, a medio camino de las cosas. ¿O no es una novela, sino un ensayo? “Tal vez la mitad no quepa en la arquitectura apretada de las novelas, en el corsé de la trama. Tal vez la mitad, la parte de en medio sea más afín al espíritu holgado, deambulante, del ensayo. Tal vez tenga que ser un ensayo hasta que pueda volver a ser una novela. Un ensayo con un principio, un medio y un fin”.
Valeria Luiselli (2026). Principio, medio, fin. Feltrinelli Editores, Barcelona. ISBN: 979-13-88111-00-6. 357 págs.

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