El asiento vacío es la nueva sección semanal de Manuel Alcántara, que cada viernes ofrecerá una entrega desde su página web. Un espacio para detenerse ante algunas de las cuestiones que atraviesan nuestro presente y observarlas desde una mirada crítica y personal.
«Veranos»
La vida no se cuenta en años, pensó embelesado por la vista que tenía enfrente. Una imagen que no solo le traía innumerables recuerdos, sino que era producto de las tonalidades que la dibujaban a aquella hora de la tarde y de la brisa que suavizaba el calor del día. Sí, esa práctica administrativa aneja al calendario era demasiado mecánica y suponía un ejercicio de homologación dudosa. ¿No se decía que había personas con una edad que no aparentaban o que uno tenía la edad de la persona cuya mano apretaba? Ahora, el edadismo dictaba el imperio de su presencia en las relaciones sociales y consolidaba el significado de los dígitos a la hora de medir no solo la trayectoria sino el estado de las personas.
Debería contarse mejor en veranos. Así le enseñó su abuelo aquella mañana de inicios de septiembre sin saber que sería el último que pasarían juntos. El verano era sin duda la etapa de la vitalidad, le decía. Hoy, sin embargo, es consciente de que ha vivido un verano raro pues antes no hubo primavera ni menos invierno. ¿Sería fruto del conjuro de las estaciones benévolas? Ahora también sabía que era un término confuso. Lejos estaba su equiparación con las largas vacaciones escolares o con la adecuación con aquello que el calendario dictaba del periodo comprendido entre el solsticio del verano y el equinoccio del otoño. El final del día no era ajeno, no obstante, a una amable sensación que el paso del tiempo le provocaba como algo que se acababa sin remedio hasta no se sabía cuándo.
Más tarde, alguien le dijo que eran los amores las verdaderas unidades de cuenta de la vida. ¿No era el amor el motor real de esta? ¿No constituía la pulsión vital por excelencia? Amores fugaces en parangón con otros de vocación eterna que terminaron siendo finitos. Amores tempranos que sumaban su activo a otros de la edad tardía. Periodos de apenas unas semanas seguían a lapsos de largos años o viceversa. Incluso se podía dar el caso insólito (y desgraciado) en el que el contador no registrara movimiento alguno como resultado de una existencia estéril. La propuesta no le convencía y menos encontrándose frente a un escenario testigo de lo efímero de sucesivas etapas de su vida que dieron al traste sus pueriles ilusiones.
Así las cosas, los veranos parecían constituir la unidad de medición más fiable para computar su andadura vital. Sintió que la tarde ya no se alargaba como hacía apenas unos días, que la luz no tenía el vigor de entonces, que la sequedad de su boca sintonizaba con el ambiente. Solo la brisa que se había levantado mitigaba el sofoco que le invadió después de la comida. Silencio.
¿Cómo empezar a contar veranos? Lo evidente era que no se trataba de equiparar cada verano con su año correspondiente, pues entonces no tendría sentido la distinción. La cuestión resultaba más peliaguda ya que requería enunciar aquellos veranos que a bote pronto y sin pensarlo mucho habían marcado su vida o, dicho de otra manera, que al cerrar los ojos estuvieran inmarcesiblemente presentes. Periodos estivales que también pudieran configurar patrones. Eran cuatro.
La playa era el epítome perfecto para alguien que como él vivía en el interior. El furor de las olas provocaba el asombro de quien mantenía una existencia rutinaria ajena a cualquier imprevisto. Los castillos de arena que construyó para luego sucumbir ante el embate de la marea constituían el más triste reflejo de las quimeras perdidas. Tiempos para la reagrupación familiar que aseguraran momentos nuevos compartidos; para campamentos escolares donde la convivencia se trasladaba desde el espacio del aula; para la iniciación con el grupo de amigos en un tipo de relación distinta; para el primer beso furtivo nocturno.
El calor agobiante de las noches en las que tomar el fresco era la respuesta colectiva. Sentados en sillas que se sacaban a la puerta de las casas las tertulias protagonizaban un tipo de impugnación al agobio del día. Eran momentos de introspección colectiva donde los más jóvenes escuchaban en silencio la voz de los mayores que narraban relatos de cuestiones de las que rara vez se hablaba. El tono delataba la mayor o menor gravedad del asunto. Los silencios eran premoniciones de alusiones rancias. El recuerdo de los que habían pasado a mejor vida, las trapacerías constantes de los vecinos de siempre, las noticias venturosas de los que emigraron, la posguerra y sus matices. Cuando el último tranvía subía por el Paseo la hora del sueño forzado comenzaba.
La soledad que lo abrazaba cuando todos se habían ido era la imagen indeleble en su memoria. No importaba que el marco se diera en el lugar habitual donde transcurría su vida o fuera consecuencia de su traslado a otro lugar lejano. El recuerdo se mantiene imborrable ajeno a la temperatura del ambiente. Tiempo de abandono, de no hablar con nadie, ni siquiera por teléfono porque no solo él no llamaba nunca sino porque tampoco lo llamaban. El resto del año el ajetreo era la nota dominante, las reuniones, los encuentros, la verborrea. Ahora, la mortaja que le cubría lo convertía en un ser silente, ríspido, huidizo. Cuando todos se habían ido sentía el latir de su corazón y su respiración se sosegaba. El tiempo libre era la panacea del momento. Las rigideces de los horarios desaparecían, así como la dictadura del protocolo. Un espacio insólito para dar rienda suelta a la imaginación decía el aviso publicitario. Pero sabía que por todo ello era el peor panorama. En efecto, tendría que confrontar una terca realidad de la que se evadía cotidianamente gracias a la exigencia de los compromisos laborales a los que se sumaban una pesada gama de responsabilidades sociales. El verano era el tiempo del agobio, de la confrontación con una situación insostenible, de desayunos impregnados de silencio, de miradas huidizas, de caricias impostadas demasiado largas, de añoranza de no saber qué.

0 Comentarios
No hay comentarios aún
Puedes ser el primero para comentar esta entrada