El asiento vacío: «Grabaciones», por Manuel Alcántara Sáez (4 de septiembre de 2026)

El asiento vacío es la nueva sección semanal de Manuel Alcántara, que cada viernes ofrecerá una entrega desde su página web. Un espacio para detenerse ante algunas de las cuestiones que atraviesan nuestro presente y observarlas desde una mirada crítica y personal.

«Grabaciones»

Cuando era joven le llamó poderosamente la atención una frase que escuchó en clase: “grabado en piedra”. Entonces había escuchado de los grabados estampados en un soporte material que solía ser algún tipo de papel o de tejido. Se trataba tanto de formas artísticas como de legados epistolares. También estaba acostumbrado a manejarse con un magnetofón con dos bobinas que se movían lentamente con una cinta que las unía. Grababa programas de la radio, pero también conversaciones con sus mayores. Asuntos banales que luego quedaban olvidados en pilas de cintas guardadas en un armario. A veces volvía a utilizar una cinta ya grabada borrándose automáticamente el contenido anterior. Aquellas grabaciones, fueran las realizadas en papel o las de carácter sonoro, eran fácilmente perecederas por lo que el hecho de que algo se grabara en piedra suponía una apuesta en favor de su perdurabilidad.

Por aquella época tampoco era consciente de que en las lápidas de los cementerios se esculpían nombres y leyendas por cuanto que no había ido a ninguno. Menos aún conocía los bajo relieves que articulaban la tradición grecorromana de su país o incluso de civilizaciones anteriores. Sí recuerda, no obstante, que en una ocasión su padre se rio de él cuando quiso dejar grabado un dibujo en la arena de la playa. Pero todo ello era de una época de su vida demasiado pretérita que hoy recordaba con cierto deje de vergüenza ajena.

Hace apenas unas semanas leyó una novela de una escritora mexicana, Valeria Luiselli, que incorporaba, como ya hizo en otra anterior, a una protagonista interesada en grabar los sonidos de la naturaleza en diferentes lugares y en distintos momentos del día. El viento en la montaña y en el valle; las aves marinas al amanecer y la infinidad de pájaros en el bosque al final del día; las ramas de los árboles y de las palmeras, así como la mies; el disruptivo ruido del tráfico generado por una carretera cercana. A todos ellos se unían las voces lejanas de unos campesinos interpelándose en medio de la faena. El resultado que la autora dejaba reflejados en el texto escrito era un conjunto de testimonios sonoros que a él le habían hecho volar la imaginación al incorporar un mundo muy presente, aunque ignorado.

Sin embargo, hoy su perplejidad ha llegado al paroxismo por cuanto que ha leído una historia insólita acerca de la existencia de micrófonos subacuáticos que graban el sonido de los camarones al comer para determinar su gusto y el nivel de hambre. Al parecer, el alimento se adapta según la cantidad y los ingredientes: tanques automatizados dispensan los gránulos, normalmente cada tres minutos, minimizando el desperdicio. Esto tiene como resultado una producción más económica, una menor huella de carbono y mejores tasas de supervivencia, ya que la descomposición del alimento consume oxígeno. Además, gracias a costosos filtros de agua, estanques con una eficiente gestión de los recursos y un uso mínimo de antibióticos, hacen que los métodos empleados en Ecuador, que es donde la noticia tiene su origen, sean más limpios que los de Asia. El resultado, termina la crónica, es una máquina eficiente y poderosa que conquista el sempiterno mercado.

Con todo esto está aturdido. Su desazón se había disparado tras hablar con su amiga de toda la vida que se encontraba desolada. Ella le contó que había tenido una amarga disputa con su jefe en el trabajo quien le informó que había borrado todos los mensajes de voz que le había mandado en los tres últimos meses. No quería, le dijo, que hubiera malinterpretaciones. Ella había mantenido una posición de absoluta lealtad y había seguido al pie de la letra las instrucciones recibidas y ahora se encontraba desamparada con respecto a las acciones que había realizado. Era consciente de que lo que había llevado a cabo con celo tenía un dudoso componente ético y que incluso rayaba lo ilegal y que en aquel momento sentía el peso de su desvalimiento.

Pero ahora era él quien estaba obsesionado con todo lo que había narrado en diversos momentos de la última semana a un pequeño grupo de contactos relatando diferentes versiones de aquella relación que llegó a definir como tóxica y que había concluido, aunque fuera muy a su pesar. Grabaciones extemporáneas que pesaban como una losa en su conciencia por el contenido de las frases inadecuadas tanto en su forma como en el fondo. Solicitud de favores irregulares, amenazas veladas, chistes estúpidos, historias que no venían a cuento. Siempre se ha dicho que las palabras se las lleva el viento, pero aquello estaba grabado. Permanecía. Emular lo acaecido con respecto a su amiga borrándolo todo podría ser una solución, sin embargo ¿hacerlo no levantaría la liebre?

En ocasiones se había encontrado con mensajes grabados que tiempo después aparecían eliminados, algo a lo que nunca le dio importancia. Solo su flaca memoria le jugaba una mala pasada porque casi nunca recordaba su contenido. Tampoco esa circunstancia le llevó a poner en marcha método alguno de almacenamiento. No obstante, su actual paranoia le lleva a pensar en la necesidad borgiana de tener una inmensa biblioteca donde quedara todo lo que había escrito desde que empezó a usar el correo electrónico. Una bodega que tendría cientos de miles de mensajes y que alguna vez, ayudado por algún programa de inteligencia artificial de nueva factura, le llevara a entender lo sinuoso de su ya larga vida y, por qué no, intentar reconstruirla desde la profundidad de aquellas grabaciones.

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