El asiento vacío: «La cadena», por Manuel Alcántara Sáez (21 de agosto de 2026)

El asiento vacío es la nueva sección semanal de Manuel Alcántara, que cada viernes ofrecerá una nueva entrega desde su página web. Un espacio para detenerse ante algunas de las cuestiones que atraviesan nuestro presente y observarlas desde una mirada crítica y personal.

«La cadena»

“Vivan las caenas” se dice que gritó el populacho allá por 1814 cuando regresó el borbón y el efímero sueño liberal se desvaneció. El recuerdo lo sacó a colación durante el paseo vespertino que hacía habitualmente con su amigo. Vino a cuento de la conversación que habían iniciado a propósito de los sucesos recientes acaecidos en la ciudad. Un grupo de alborotados manifestantes había arropado con entusiasmo a la autoridad su lacerante decisión de prohibir la cobertura de los servicios sanitarios a quienes no tuvieran los papeles en regla. La prioridad nacional traía esas consecuencias y muchas otras que se comenzaban a avizorar.

Su amigo, sin embargo, no parecía prestar atención al asunto. Apenas musitaba un sonido gutural que podía ser de asentimiento. Notaba que su mirada estaba perdida y que desde que se encontraron no le había mirado a los ojos. Ambos compartían posiciones similares con respecto a la vida pública. Nunca tuvieron compromiso político alguno, aunque siempre se mantuvieron en el mismo bando. Las muchas experiencias vividas y que en su gran mayoría habían compartido les otorgaban suficiente aplomo para tragar con todo lo que estaba cayendo en los últimos años. Como ya se había convertido en una muletilla, “las cosas desde la pandemia habían cambiado mucho”.

Después de un largo silencio, solo cortejado por el leve rumor de los álamos que el viento mecía, sintió que debía reiniciar la conversación fallida de aquella tarde. No era cuestión de cancelar el silencio. En ocasiones habían caminado durante hora y media sin apenas mediar palabra. Un escueto saludo, dos o tres observaciones sobre otros viandantes o con relación a los colores de la tarde, una fugaz despedida. Valoraban la compañía, la presencia del otro que suponía la entrega de su tiempo. El ritual del acto que no necesitaba de convocatoria previa porque estaba predeterminado sin que mediara ningún compromiso. Ni el fuego aterrador de las últimas tardes de aquel tórrido verano, ni las lluvias de abril, ni el gélido invierno alteraban la rutina establecida.

Se trataba de dejar atrás las palabras provocadoras de los políticos, las caras de mal genio, el sufrimiento de quienes no tenían nada, el ruido mediático de los nuevos gurús que acumulaban sofismas tras sofismas, la alienación generalizada, la incapacidad del poder para gestionar un asunto complejo, el conflicto, el odio, el miedo, pero también el entusiasmo y los afectos, todo convertido como común denominador en mercancía.

Intentó que en su cabeza comenzaran a desfilar otros temas para avivar la charla, pero la sentía bloqueada. Le parecía que se trataba de cuestiones banales ya que, sin saber por qué, entendía que el momento requería de mayor trascendencia. Además, era consciente de que no estaba en su mejor momento pues el próximo vencimiento de un préstamo la obsesionaba. Suponía una cadena que le había venido atando desde hacía años y sus pensamientos se veían amarrados a la misma. Caer en la morosidad era algo que la mortificaba al límite.

 Su amigo seguía cerrado en sí mismo. Al mirarlo de soslayo percibió en él un gesto que no era usual. Su pose habitualmente seria mostraba una mueca taciturna que no había visto antes. El silencio, que en otros momentos habría sido una cobija, era denso. Lejos de constituir una pausa benéfica suponía una grieta amenazante. ¿El vacío? Su cara reflejaba una mezcla atroz de desconsuelo y de desvalimiento que se había agudizado según transcurría el tiempo.  

Tragó saliva y apenas articuló unas frases inconexas, formales, casi como si se tratara de un mentor mediocre. Dijo que la vida era jodida, que de pronto y sin saber la razón el mundo se nos cae, que todo lo que nos rodea es complicado y que cada vez nos cuesta más entenderlo. Se quedó ahí. Todavía no entiende por qué entonces no le preguntó qué le pasaba. Su perorata inicial continuó después de un nuevo lapso de silencio, aunque cambió el registro, volviéndolo a contar el asunto del préstamo que ya le había mencionado en otra ocasión. Quería atraer su atención y sacarle del profundo ensimismamiento en que se encontraba. Habló sin parar durante media hora. La primera persona del singular lo invadió todo.

En esa época del año el caer del día es lánguido y pareciera que los atardeceres tienen pereza a la hora de despedir la jornada. Es por ello por lo que quizá sean los mejores momentos para decir lo que tanto cuesta, para confesar lo inconfesable, para aventurar el sino del futuro, para proferir un grito mudo de protesta. Habían llegado al final del trayecto usual. En la calle había poca gente y las tiendas ya habían echado el cierre. Su amigo se detuvo, miró al suelo, levantó los ojos perdiéndolos en el horizonte y tras un hipo, que pudo ser un suspiro, cruzó su mirada con la de ella y pronunció una breve frase enigmática que todavía hoy sigue sin entender: “¿Sabes que se me ha roto la cadena?”

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