Recomendación de El Libro de La Quincena: «El desierto de nosotros mismos» – por Manuel Alcántara Sáez (13 de julio de 2026)

Con el lanzamiento de «El Libro de la Quincena», Manuel Alcántara nos invita a embarcarnos en un emocionante viaje de descubrimientos. En este espacio, Manuel nos ofrece una selección cuidadosa de libros que, según su criterio experto, merecen ser destacados y compartidos. Cada dos semanas, nos guiará a través de reseñas, revelando las obras literarias que han capturado su atención y reflexión.

«El desierto de nosotros mismos»

En el desarrollo exponencial de la inteligencia artificial (IA) que ha tenido lugar en apenas cuatro años los inversores, los gigantes tecnológicos y los grandes consumidores son quienes más se benefician. Mientras, a la ciudadanía de a pie se la pide que absorba las perturbaciones en el empleo, la energía y el acceso a la información en un proceso que, además, cambia constantemente. El resultado es un escenario en el que se redefine completamente lo político y se incrementa la desconfianza por parte de amplios sectores de la población a la vez que se amplía la brecha al gestarse una jerarquía de usuarios gratuitos, usuarios de pago, usuarios avanzados, usuarios de vista previa y una clase privilegiada que prueba funcionalidades de las que el resto del mundo solo puede leer.

Además, hay un sentido diferente, de manera que para los usuarios avanzados de tecnologías de vanguardia, la IA se percibe como una evolución de la realidad aumentada: una fuerza capaz de crear empresas, desarrollar software y resolver problemas complejos a una velocidad vertiginosa. Por su parte, para la persona promedio, se siente más como una evolución: una barra de búsqueda más inteligente, una bandeja de entrada más rápida, una capa tecnológica ambiental que ahorra tiempo, pero poco más. Económicamente es un asunto de gran importancia porque hay en juego enormes cantidades de dinero en una tecnología en la que la mayoría de la gente ni confía ni comprende del todo. Pero, ¿qué hay de las dramáticas transformaciones culturales y sociales que están en liza?

Éric Sadin es uno de los grandes pensadores franceses que lleva una década dedicado al estudio de las relaciones entre tecnología y sociedad. Sus diagnósticos de la contemporaneidad y de sus prácticas en función del impacto que los artefactos tecnológicos producen en la humanidad son certeros y constituyen una incitación fundamental para el cuestionamiento de lo que acontece. Como bien enuncia «es un deber filosófico, político y moral reflexionar sobre la estupidez contemporánea; pero de una manera trascendental, entendiéndola como un modo de ser que, si se observa de cerca, nos acecha a todos y anuncia peligros muy graves» . Lo que podría llamarse la «absoluta suficiencia de sus posiciones» -muchas veces reforzadas por la de su red de afiliación, que favorece los comportamientos gregarios- es lo que constituye la forma característica, y de alcance global, de la estupidez humana cimentada en la perpetua complacencia con uno mismo y el hábito de la pereza (págs. 209 y 210).

En este libro Sadin examina con rigor el movimiento que ha tenido lugar de externalización de nuestras facultades más determinantes a la hora de producir lenguaje, imágenes y símbolos, así como de interpretar el mundo y devolverlo en forma de enunciados verosímiles. Advierte que no se trata de una simple innovación técnica, sino de la negación radical de nuestra condición humana. La generalización de un pseudolenguaje matematizado y estandarizado, accesible a todo el mundo y destinado a volverse hegemónico, inaugura una era de indistinción en la que ya no sabemos con certeza qué ha sido producido por una experiencia humana y qué por una inferencia algorítmica. Además, como escribió Hannah Arendt, el mal se inscribe en el vacío de pensamiento que «desembocará en una humanidad ausente de sí misma» (pág. 39).

Las consecuencias son profundas y múltiples. La proliferación de imágenes y textos sin origen identificable erosiona la confianza pública y alimenta el resentimiento; la gestión automática de tareas cognitivamente complejas amenaza con reconfigurar de raíz los sectores culturales, educativos y de servicios. Al contrario de lo que muchos quieren defender, no estamos ante una nueva disciplina artística comparable con la fotografía o el cine, sino ante la ejecución automatizada de operaciones que durante siglos requirieron aprendizaje, sensibilidad y responsabilidad. Por otra parte, la expansión de la IA generativa no responde a un proyecto deliberado democráticamente, sino a la visión de ingenieros y a la ambición expansiva del tecnofeudalismo en el marco de un capitalismo cada vez más depredador.

Sadin acierta plenamente al definir las tres rupturas civilizatorias que se preparan en la actualidad. Se trata del veloz abandono del uso de nuestras facultades fundamentales, de la puesta en peligro de la mayor parte de los oficios intelectuales y creativos, y del espectro de un régimen de indistinción generalizada y de una sordera creciente -y dañina- entre las personas (pág. 242). Por otra parte, hay otra ecuación doble que debería privilegiarse. De un lado, la que establece una diferencia entre las situaciones en las que tenemos control y aquellas en las que no. La segunda ecuación -o exigencia suprema- consistiría en poner en relación los avances tecnológicos con nuestros principios cardinales, considerados intocables. En este caso, Sadin identifica cuatro: libertad, integridad, dignidad y creatividad humana, pero también la necesidad de sociabilidad (pág. 244). No se trata en modo alguno de un proyecto de sociedad, sino de un único proyecto económico llevado adelante por la industria hegemónica de nuestro tiempo y que pretende, solo en nombre de sus ganancias, imponerlo a la sociedad entera.

Sin embargo, Sadin no se queda en el lúcido análisis del momento presente. Es consciente de que el segundo cuarto del siglo XXI marca el umbral que la humanidad está a punto de franquear para verse barrida por «una inhumanidad, por una ausencia total de sí misma y de la responsabilidad que le incumbe» (pág. 187). De manera que, cuando no actuemos, serán otros los que van a imponerse y a los que estaremos cada vez más sometidos. Su conclusión enuncia una guía práctica para la acción que esté en manos de todos. Esta guía está formada por dos partes distintas, pero dependientes una de la otra (págs. 267 y ss). En primer lugar, una serie de exigencias de valor universal, dado que estas descansan en los derechos humanos considerados inalienables y respectos de los cuales no se transige. En segundo lugar, una lista de acciones que pueden llevarse a cabo por separado o en conjunto, en función de las circunstancias. Por su relevancia a continuación resumo el contenido de ambas partes.

Las exigencias integran las siete ideas siguientes: todo ser humano está naturalmente dotado de cualidades que fundan su singularidad, su expresión adecuada no debe ponerse en peligro, pues el riesgo es la negación del sentido mismo de la vida y que, por tanto, se imponga sobre nosotros un régimen de uniformidad y poderes exteriores; rechazamos dar pruebas, cada vez más, de adaptabilidad a ciertos desarrollos tecnológicos y sobre todo a aquellos que nos interpelan de manera repentina para que cambiemos nuestras conductas de un extremo a otro; la tecnología, a diferencia del proceso histórico de automatización de las cadenas de montaje de las fábricas, pone en peligro oficios -más precisamente destrezas prácticas- que en general exigen estudios largos y costosos, ofrecen placer en la tarea y participan de la vitalidad y la diversidad culturales de la sociedad, debiendo ser considerada la sostenibilidad de estos saberes inalienable; debe defenderse el principio de que la sociedad está constituida por lazos de interdependencia que representan factores de convivialidad y pacificación; ya no aceptamos que quienes trabajan en los desarrollos tecnológicos sean los mismos individuos que se juzgan como los más capacitados para ilustrar a la sociedad en esa misma materia; se debe denunciar, en voz alta y clara, el principio de las ayudas públicas otorgadas a las empresas y organismos que van en contra de los diferentes puntos mencionados; y, por último, autores y artistas se comprometen a no rebajarse reclamando compensaciones financieras y así tienen que manifestarlo a los responsables de las empresas que gestionan derechos.

Las correspondientes siete acciones propuestas por Sadin tienen que ver con el imperativo de constituirse en colectivos en un mundo cada vez más atomizado; establecer estatutos que resulten de trabajos colectivos llevados a cabo con total independencia y fundados en algunos de los principios enunciados en el párrafo anterior; cuando la negociación fracasa compete simplemente negarse al uso de sistemas que ultrajan algunos de los principios ya detallados; el uso de la huelga; debe volverse mucho más sistemático el hecho de recurrir a la justicia cuando una o varias de nuestras exigencias se vean ultrajadas; la creación de jurisprudencia; y, por último, favorecer las expresiones de contra-experticia que provengan de actores y realidades del terreno mismo de los hechos trabajando por hacer que la sociedad sea todavía más transparente para sí misma.

Eric Sadin (2026). El desierto de nosotros mismos. El giro intelectual y creativo de la inteligencia artificial. Caja Negra Editora. Buenos Aires. Traducción de Margarita Martínez. ISBN: 978-987-8272-49-8. 277 págs.

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