Con el lanzamiento de «El Libro de la Quincena», Manuel Alcántara nos invita a embarcarnos en un emocionante viaje de descubrimientos. En este espacio, Manuel nos ofrece una selección cuidadosa de libros que, según su criterio experto, merecen ser destacados y compartidos. Cada dos semanas, nos guiará a través de reseñas, revelando las obras literarias que han capturado su atención y reflexión.
Max Aub, al inicio de La gallina ciega (Joaquín Mortiz, 1971), el diario de sus casi tres meses de un viaje que realizó a España en 1969 justo tres años antes de su muerte, señala que los periodistas le hicieron más de 50 entrevistas y que en ninguna le preguntaron «nada acerca de la contienda” a pesar de que en su obra la guerra civil tuvo un protagonismo enorme.
Eran quizá los prolegómenos de los arcos de silencio que se tendieron durante la transición. Sin embargo, eso no fue así en el ámbito de la creación literaria. Por ello, hoy resulta difícil concebir que se pueda escribir algo novedoso teniendo como hilo argumental la guerra civil española. Parece también insólito que se pueda llevar a cabo un abordaje de la barbarie de aquel momento con dosis injertadas con frecuencia de realismo mágico que se extiende desde la nomenclatura de los lugares escenificados hasta las prácticas documentadas sin dejar de lado los escenarios de fantasía y las fuerzas telúricas que los invaden. Y no se diga si, además, el autor termina siendo un protagonista omnipresente, no solo porque la trama se engarce en el pasado familiar sino por su permanente injerencia en el texto como si se tratara de uno más del largo listado de vidas que se deslizan a lo largo de lo voluminosa obra. La descomposición de una familia, la deshumanización de un pueblo, la muerte obsesivamente presente, juegan con retazos de hechos en mayor o menor medida conocidos que ensombrecieron el panorama ibérico a lo largo de tres años.
Las leyendas son numerosas y entreveran un mundo al que la ficción parecería deber ser ajena con la humanidad de personajes de carne y hueso que no están seguros de haber perdido el norte. La historia de un soldado que se raja la piel para dejar salir la ceniza acumulada, de un poeta que cose la sombra de una niña tras un bombardeo, y de un maestro que enseña a sus alumnos a hacerse los muertos; de un general que duerme junto a la mano cortada de una santa, de un niño ciego que recupera la vista durante un apagón, y de una campesina que pinta de negro todos los árboles de su huerto; de un fotógrafo extranjero que pisa una mina cerca de Brunete y no levanta el pie en cuarenta años, de un gernikarra que conduce hasta el centro de París una camioneta con los restos humeantes de un ataque aéreo, y de un perro herido cuya sangre teñirá la última franja de una bandera abandonada en Badajoz.
Una historia total, ¿o una novela?, de un país agonizante envuelto en una guerra civil brutal, alimentada por un salvajismo constante donde la fantasía apenas si distrae de un hilo conductor sabido en el que se dan cabida lugares, personajes, circunstancias, hechos. Un relato con un final conocido que no deja de sorprender. Quizá demasiado conocido para quien escribe estas notas que, sin embargo, no deja de estremecerse cuando lee cómo al final de la contienda los campos «se vistieron de unaluz rosada… Un cielo encarnado que parecía consolar con su reflejo a la tierra despedazada, los humos viejos y los cascajos que antaño abrigaran a familias enteras y animales… El mundo que conocían antes del conflicto ya no existía, para bien o para mal». Las palabras, de una belleza inesperada por el insólito misterio que encubren, sirven también como coartadas permanentes para que el relato nunca pierda el ritmo de quien sabe que en la narración se juega mucho y que las historias que el abuelo le relató son simientes ahora florecidas. Desde los prolegómenos angustiosos del incierto inicio de la contienda fratricida hasta las playas francesas de Argéles sur Mer o el puerto de Alicante en los primeros meses de 1939.
La práctica de las sacas y de los paseos competía con el papel desempeñado por las checas y por los cementerios y sus tapias alumbrando a un país con «un nuevo régimen (que) sería mejor o peor que el anterior, pero (que) estaría basado en el miedo más que los precedentes. La oscuridad duraría cuarenta años». En el medio rural donde las relaciones eran más próximas el resultado sería aún más dramático pues la venganza y la impunidad de los verdugos serían la norma durante muchos años. En el mundo de la creación literaria y artística sus protagonistas deambulan buscando un significado que son incapaces de develar mientras que los políticos sucumben impotentes ante el caos gestado por la guerra y la irresponsabilidad de quienes la iniciaron y luego la alimentaron en un trágico proceso de locura colectiva (aunque no de todos).
David Uclés (2025). La península de las casas vacías. Ediciones Siruela. Nuevos Tiempos. Madrid. ISBN: 978-84-19942-31-9. 697 págs.

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