El asiento vacío: «Pena de muerte», por Manuel Alcántara Sáez (9 de octubre de 2026)

El asiento vacío es la nueva sección semanal de Manuel Alcántara, que cada viernes ofrecerá una entrega desde su página web. Un espacio para detenerse ante algunas de las cuestiones que atraviesan nuestro presente y observarlas desde una mirada crítica y personal.

«Pena de muerte»

No seguía habitualmente las noticias. Su alejamiento de los medios que ahora llamaban convencionales como la radio, la televisión o los periódicos se había ido produciendo de forma paulatina. A la eclosión habida en el universo mediático en los últimos lustros se unía su falta de interés y cierto desencanto. Todo componía una sinfonía de elementos disuasorios para explicar la interrupción de una práctica que había sustentado desde su juventud. Las redes sociales, nunca llegaron a engatusarlo a pesar de que al principio de su puesta en marcha le generaron curiosidad. Sin embargo, sin saber muy bien cómo le llegó la noticia. Se trataba de una fallida ejecución judicial. Algo que, por tratarse de la llamada pena máxima y por lo alambicado del proceso, le llamó la atención.

En la gran mayoría de los estados que integran Estados Unidos está vigente la pena de muerte. Junto con Japón son los dos casos insólitos de un grupo selecto de países. Sin embargo, no hay un solo mecanismo a la hora de su cumplimiento. La inyección letal está presente en 27 estados -representan casi el 90% de las 1.683 ejecuciones llevadas a cabo en el último medio siglo-, la cámara de gas y la silla eléctrica en nueve estados cada una y el fusilamiento en cinco. En el último lustro se han ejecutado a 148 criminales convictos. De ese número, 11 fueron actos fallidos, y muchos de los condenados quedaron retorciéndose de dolor en las camillas durante 30 minutos o más. De estas, cuatro no lograron ejecutarse en absoluto.

Ahora, lee, que una mujer de 50 años, condenada a muerte por un asesinato que cometió en 1995 y que habría sido la primera mujer ejecutada en Tennessee en más de dos siglos, se encontraba una semana después entre la vida y la muerte al haberse frustrado el propósito de la inyección letal que le administraron. La ejecución había sido polémica incluso antes de su fracaso. Una hora antes de que comenzara, un tribunal federal de apelaciones dictaminó que la pena debía posponerse para considerar los argumentos de que al tener ella 18 años en el momento del asesinato, debía ser perdonada porque había sufrido abusos sexuales. Posteriormente, el Tribunal Supremo dictaminó, sin dar explicaciones, que la ejecución podía llevarse a cabo.

Azuzado por la curiosidad busca otras informaciones al respecto y lee que los problemas para no lograr la muerte letal de los condenados surgen por diversas razones, desde la imposibilidad de encontrar una vena adecuada para inyectar los fármacos hasta la falta de fiabilidad de los propios medicamentos. Han pasado 15 años desde que las compañías farmacéuticas, presionadas por los reguladores europeos, dejaron de suministrar fármacos letales a los verdugos estadounidenses. Muchas ejecuciones se llevan a cabo por personas sin formación médica, pues el personal sanitario se toma muy en serio su juramento de no causar daño. No obstante, gracias al nuevo impulso de los gobernadores republicanos, pues el año pasado hubo 47 ejecuciones, la cifra más alta en más de 15 años, la administración de la inyección letal sigue siendo deficiente.

Prosiguió su lectura que le condujo al hecho destacable de que las ejecuciones fallidas son poco frecuentes en Texas y Florida los dos estados donde se realizan la mayor parte de las ejecuciones; al parecer, la experiencia, como en la mayoría de los trabajos, hace que el verdugo sea más eficaz. El año pasado, Florida ejecutó a 19 personas, más que en cualquier otro año desde que se levantó la moratoria federal, y no se han registrado casos de mala praxis.

Ha anochecido. Reviven en su memoria historias oídas en casa las raras veces que los mayores evocaban las ejecuciones sumarias que suponían los paseos durante la guerra o noticias que escuchó en la radio al aplicarle el garrote vil a delincuentes tristemente famosos, o de fusilamientos como los del 27 de septiembre de 1975. Rememora pasajes de novelas – “Muchos años después ante el pelotón de fusilamiento…”, de poesías como El crimen fue en Granada, de películas –El verdugo, Un condenado a muerte se ha escapado– entre otras. Silencio en la penumbra.

Quiere huir de cualquier debate teórico sobre los fundamentos, en su caso, de la racionalidad de la pena de muerte. No le interesa. Pero sabe que es inevitable. La justificación de quitar la vida a alguien como reparación de un daño mayor que esa persona hubiera infligido. Diente por diente. No pretende que su pensamiento siga por ese camino. Piensa en abstracto en el condenado, luego en la mujer de Tennessee, en los momentos previos a la ejecución. Tampoco desea continuar por ahí, ni menos aún plantearse el asunto desde la perspectiva del brazo ejecutor. Son todos caminos muy trillados como lo es igualmente la reacción social ante procesos que terminan alimentando al espectáculo morboso y que en algunos países trae consigo hasta la justificación del linchamiento.

Sumido en la sombra de la habitación sabe que toda esa alharaca de cariz intelectual no le interesa y que solo es la primera palabra la que en realidad le ha agitado desde el principio: pena. Para un antisocial como él lo demás es puro ruido. Y de ahí, de inmediato, pasa a una canción que, sin saber por qué, pues su oído musical es pésimo y su interés por la copla es nulo, se superpuso al avatar que aquella tarde de molicie y soledad le había distraído tanto. Quintero, León y Quiroga compusieron en 1951 una copla que arrasó en el fervor popular. Recuerda bien su título, Ay pena, penita, pena, pero solo retiene cuando se alude a la pena del corazón. Mantiene la mirada fija en la ventana donde los visillos recogen con timidez las luces de la calle. De pronto, una leve sonrisa enciende su cara pues cuatro palabras se apoderan del momento y llenan su existencia apática: sin pena ni gloria.

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