El asiento vacío es la nueva sección semanal de Manuel Alcántara, que cada viernes ofrecerá una entrega desde su página web. Un espacio para detenerse ante algunas de las cuestiones que atraviesan nuestro presente y observarlas desde una mirada crítica y personal.
«Preguntas en la penumbra»
No sé cómo sucedió, pero de pronto sintió que su sombra tenía dolor. La punzada no estaba en su espalda sino en la figura negruzca que se proyectaba sobre el pavimento y que de manera inverosímil se unía a sus pies como continuación inequívoca de su cuerpo. Solo la bandada de pájaros en vuelo rasante hizo cambiar la percepción que pronto cayó en el olvido. Sin embargo, por la noche mientras intentaba reconciliar el sueño recordó la curiosa situación. ¿Cómo era posible que sintiera dolor una sombra? Aprovechando el rayo de luz que entraba en la habitación procedente del farol de la calle proyectó sombras de sus manos en la pared para comprobar si generaban algún tipo de sensación, pero nada ocurrió. Solo aquel lejano pinchazo mantenía viva una experiencia que no iba a contar a nadie. ¿Por qué duele una sombra?
Aquella tarde del estío confirmó que el viento tenía mayor predicamento que el aire. De hecho, sin aquél este no se percibía. Salvo en aquellos sitios en los que el uso de la palabra aire monopolizaba al vocablo viento, este gozaba de una entidad superior siendo mayor su valoración. Algo similar sucedía con el humo sin el que pareciera que el fuego no existía. El dicho popular de que era el humo el que daba significado al fuego –“por el humo se sabe dónde está el fuego”- volcaba en aquel la parte substantiva del binomio. Solo el fuego subterráneo ocultaba su existencia permaneciendo vivo mucho tiempo ¿Será por todo ello qué el viento tenía ventaja sobre el aire y el humo sobre el fuego? Pero ¿no se trataba de una prioridad ficticia? ¿No era el aire y el fuego la razón de ser, el origen del viento y del humo? ¿Por qué entonces quedaban relegados en la prelación popular?
Las olas lamían una y otra vez la orilla arenosa. La noche había seguido al día luminoso y la marea no había afectado ni al ritmo ni a la intensidad del oleaje. Sentado en el poyete de la escollera había visto cómo el crepúsculo daba paso a un cielo profusamente estrellado. Preguntarse por el cansancio de las olas era estúpido. De sobra sabía que las cosas no se fatigan y las olas no dejaban de serlo. No había factibilidad alguna, por tanto, de que se vieran cansadas. Por otra parte, una vez escuchó a un amigo ingeniero referirse a la fatiga de los materiales. Si eso era así, ¿nadie se había preocupado de atender al cansancio de las olas? ¿Se sabía algo de su duración, de su intensidad? ¿Qué papel jugaban cuando se hablaba de calma chicha o de temporal, asimilada la primera al aburrimiento y equiparado el segundo a la destrucción? Los efectos del trasiego de su ida y venida, del arrastre de arenisca, de conchas y de algas, de desperdicios. ¿Por qué las olas no se cansaban?
Al terminar el paseo vespertino de cada día comprendió su inutilidad a la hora de usarlo como terapia. Todo el frente de batalla dibujado en su mente se mantenía intacto perdurando las escenas de crispación que tanto le atemorizaban. A lo largo de las dos horas en que andaba por el itinerario de siempre no logró quitarse de la cabeza el asunto que le afectaba tan negativamente por el impacto que tenía en su reputación. No importó que no hubiera otra distracción plausible. No comprendía cómo había sido incapaz de despejar su mente como siempre lo lograba. Precisamente por eso había adoptado la costumbre de salir a caminar a diario. Sin embargo, hoy se encontraba sumido en una situación malsana preso de obsesiones que no dejaban de culpabilizarle deteriorando su estado de ánimo hasta límites insoportables. El peso de la responsabilidad, se decía, laminaba todo atisbo de liberar un tiempo que estaba destinado a ser solaz, terapia de sus frustraciones y del pulso que echaba a la vida. ¿Por qué no se borraba todo aquello de su cabeza, aunque solo fuera por un raquítico lapso de un par de horas?
Tensó la cuerda hasta el límite. Entonces vislumbró el riesgo. Estaba amaneciendo aquel día invernal. Sopesó los pros y los contras sintiendo el vértigo que le producían décadas estériles acumuladas. No había nadie a su derrotero que pudiera echarle en cara nada ni tampoco que fuera testigo de su ignominia. Menos aún que supusiera un apoyo mínimo ¿Por qué no en aquel momento dejar de aguantar más? La gratuidad de la situación era un incentivo que no quiso manejar. Seguir en ese estado, asumir que no había alternativa, era el mayor beneficio plausible. ¿Por qué quejarse entonces? ¿Cómo era posible que no entendiera los beneficios de la libertad frente a la supuesta sinecura que se anunciaban promisorias mercedes en el nuevo estado? ¿O sí lo entendía y de ahí su parálisis?
Las lágrimas habían mojado sus mejillas en alguna ocasión. Aunque se consideraba de lloro fácil su aparición en los últimos tiempos había sido rara. No había tenido motivos ni cuando llegó el momento crítico concedió a testigo alguno el placer de contemplar lo que consideraba una derrota. La última vez, recordaba, fue en un cine al sentir una rara sensación de identificación máxima con el protagonista que, envuelto en una crisis existencial aguda, se abandonaba al ejercicio que había hecho famosas a las plañideras. Ahora caminaba junto a quien en un momento llegó a pensar que sería su compañía para el resto de su vida. No se intercambiaban preguntas ni menos aun frases de conveniencia cuyo sentido en aquella circunstancia era absurdo. Solo sentía desprecio a sí mismo. El vacío que le invadía era un nutriente a la esterilidad de su vida. ¿Por qué no llorar entonces como una salida expiatoria repudiando el carácter nada varonil del acto? Miró de soslayo a la sombra que la luz declinante del atardecer otoñal proyectaba sobre la tapia y no sintió atisbo de dolor alguno en ella.
Las fotos que ilustran el texto proceden de:

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