Artículo: «Lo indecible» de Manuel Alcántara, publicado en La Esquina Revestida el 22 de agosto de 2025

El Colegio Oficial de Ciencias Políticas y Sociología de Castilla y León recomienda la lectura del artículo «Lo indecible», escrito por Manuel Alcántara y publicado el 22 de agosto de 2025 en La Esquina Revestida.

Asumió que había callado demasiado tiempo y que era hora de manifestar aquel malestar acumulado a lo largo de tantos inviernos cuando los días menguados daban paso a largas noches frías y desabridas, de tantos estíos luminosos. Sin embargo, no supo hacerlo y dejó pasar la oportunidad de oro que le brindó aquel primer encuentro cuando se abrieron el uno al otro. Ella fue la persona que no solo le habría escuchado, sino que podría haber sido la cuidadora de su desdicha. Además, sus múltiples contactos en el círculo de amistades y su capacidad de ser oráculo cotidiano de los diferentes avatares le hacían proyectarse como el canal de redención adecuado. Pero no lo hizo. Desde entonces sabe que sus cuitas son simientes que nunca germinarán y que esa esterilidad le acompañará el resto de sus días. No le importa. Han pasado tantas cosas desde entonces.

Es consciente que el legado de aquella oscuridad persistente no tiene nada que ver con la supuesta maldad, ¿o solo se trataría de torpeza?, con que entonces pudo valorar lo acaecido. Fue el contexto del lapso vivido dominado por la posguerra, el mortecino espíritu del tiempo de silencio que le tocó vivir, los entresijos de una sociedad provinciana y clerical acostumbrada a aquello de la callada por respuesta, o su complementario de quien calla otorga, los que encorsetaron unos hechos que terminaron constituyendo una mochila excesivamente onerosa. Un proceso que, durante el tiempo subsiguiente, no dejó de engordar en su fuero interno, ajeno a cualquier percepción del entorno voluntariamente ignorante de su agraviado malestar.

Hoy es agua pasada, la que no mueve molino, pero su pervivencia se mantiene enquistada dando pábulo a sus obsesiones que, asegura, lo mantienen vivo contra viento y marea del conformismo que lo rodea, si bien nunca se haya atrevido a decirlo en voz alta y menos a escribirlo. Por ello, no deja de preguntarse acerca de qué hace que algo acontecido termine constituyendo el jugoso acervo de lo indecible. Un conjunto de circunstancias, hechos y situaciones cuya narración termina quedando oculta por un manto de textura heterogénea, pero cuya fibra silenciosa la construye una aleación donde el miedo se lleva las de ganar por encima de otras emociones también presentes como la vergüenza, el complejo de inferioridad, la angustia, la culpa o la inseguridad. Así, lo nefando cobra vida.

Callar para mantener un secreto que no se quiere guardar. Morderse la lengua una y otra vez para asegurar el orden de la convivencia. Reprimir la mala conciencia. Cambiar de opinión en torno al valor sagrado de algo que ha dejado de tenerlo o lo contrario. Respetar el recuerdo de quién se fue. Contribuir a la forja de una leyenda, del relato incompleto sobre el que se yergue una historia que conformará un mito. Asumir que lo que uno almacena es una parte, y solo una parte, de un todo más complejo compuesto por otros pedazos que muchos también atesoran. Apropiarse del secreto de confesión como una práctica que no es patrimonio únicamente de quienes usufructúan ese sacramento. Construir un muro de silencio para contener la tempestad y cimentar la convivencia necesaria mediante la confianza que requiere del mutismo.

Lo indecible es asimismo una consecuencia de la incapacidad de las palabras a la hora de comunicar con exactitud lo acontecido. A veces no bastan o de plano son incluso inadecuadas para transmitir la intensidad de la luz sobre una escena, la tristeza de una mirada, el sonido cargante de un vocablo repetido docenas de veces, el vacío que generan las frases hechas reiteradas hasta la saciedad, el lento transcurso del tiempo mientras el orador pronuncia su perorata. Puede haber palabras imprecisas, vagas, polisémicas, que confunden más que aclaran. Lo indecible es también un recurso retórico banalizado de forma recurrente: “No tengo palabras”, un latiguillo insustancial que se adueña del lenguaje cuando se inicia un discurso en tono de agradecimiento.

Ella lleva rumiando todo el día cómo darle cuenta de aquella circunstancia que había ensombrecido su jornada. Sabe que de ordinario llega cansado y que no quiere que le cuenten historias y menos aún si ello supone tareas extra a llevar a cabo durante el fin de semana pues casi nunca abordan otros asuntos. Todo se pospone o simplemente las cosas se acometen cuando su presencia se hace insoportable. Por ello, semi en broma, se dicen mutuamente que hace tiempo que sucumbieron al arte de la procrastinación de la que son maestros. Hoy, no obstante, es diferente. Supone un ejercicio de confrontar el suceso que nunca le contó posiblemente porque resultara muy doloroso, aunque no elude la posibilidad de que lo hubiera enterrado hace mucho formando parte de un tiempo pretérito definitivamente olvidado.

Lo ha pensado largamente. Ha sopesado los pros y los contras. Su indecisión le generó primero un fuerte dolor de cabeza al que siguieron lágrimas amargas. Cree que si no da el paso adelante su vida estará arruinada. No solo por proseguir una relación basada en la desconfianza permanente sino por el hecho de conocer aspectos de la vida de él que condicionan la misma relación de pareja y, además, cuestionan sus propios valores. Cierto que todo configura un escenario de un pasado distante y que los personajes involucrados ya no están. El manojo de cartas de aquella maleta depositada en el trastero que nunca debió abrir ahora se alza como la guillotina pendiente sobre su relación de años. Lo indecible aparece como una hidra de numerosas cabezas que le hablan con lenguajes diferentes, con propósitos que no entiende y a los que no sabe cómo responder. Siente que su vida se diluye hacia el sumidero de la existencia.

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